Liam llevaba tres días sin dormir bien. No era el insomnio de pesadillas o de ruidos extraños en la noche. Era el insomnio de la conciencia, ese zumbido interno que no cesaba ni cuando cerraba los ojos. Cada vez que intentaba descansar, la imagen de Ignacio en el pasillo del hotel volvía a su mente, nítida, acusadora. Y cada vez que la veía, sentía el peso del secreto aplastándole el pecho.
Su madre tenía derecho a saberlo. Había sido ella quien había estado en esa habitación. Ella quien había