El dolor llegó en oleadas que no me daban tregua entre una y otra, mientras Rowan me ayudaba a bajar las escaleras casi cargándome, gritando el nombre de Beatriz, de los chicos, de cualquiera que pudiera ayudarnos a llegar al auto antes de que la siguiente contracción me doblara por completo.—Respira, Vanesa, respira conmigo —repetía, con una calma que sabía fingida, porque le temblaban las manos tanto como a mí.Alessandro apareció en el pasillo, todavía en pijama, con el pelo revuelto y los ojos abiertos de par en par.—¿Mamá? ¿Qué pasa?—El bebé viene —logré decir, entre dientes—. Ahora.No hizo falta nada más. Alessandro se movió con una rapidez que no le conocía, tomando las llaves de repuesto, gritándole a Eric que bajara, ayudando a Rowan a acomodarme en el asiento trasero del auto con una delicadeza que me hizo, incluso en medio del dolor, sentir una oleada de orgullo.—Yo manejo —anunció Alessandro, ya con las llaves en la mano.—Alessandro, no...—Papá, tú vas atrás con mam
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