El pasillo central de Urgencias se había transformado, en cuestión de minutos, en un tribunal sumario donde yo era el único e indefendible acusado. Miré fijamente a Elena, a Thiago y a Sofía. Sus rostros profesionales no mostraban la menor pizca de sorpresa o confusión ante la presencia del niño; solo reflejaban una barrera compacta de lealtad inquebrantable hacia Zoe que me dejaba completamente fuera de la ecuación.
—Elena —dije, tratando de recuperar a duras penas mi autoridad ejecutiva, aunq