El eco seco y sordo de la bofetada de Leticia seguía rebotando con violencia en mis oídos, aturdiéndome. Me quedé allí parado, completamente paralizado por una mezcla asfixiante de culpa lacerante y una cobardía repentina que no sabía que poseía, viendo cómo la pálida mejilla de Zoe se encendía en un rojo violento mientras un fino hilo de sangre asomaba por la comisura de su labio. Quise acercarme de golpe, quise romperle la mano a Leticia en ese mismo instante, pero mis pies parecían pesar ton