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Capítulo 4: El precio de la verdad

 

La madrugada en el Hospital Metropolitano tenía un peso denso, casi asfixiante. El silencio de los pasillos a esas horas no significaba paz; era una tregua frágil y traicionera que podía romperse en cualquier milisegundo con el aullido de una sirena de ambulancia o el pitido en código rojo de un monitor. Me encontraba en la estación de enfermería del tercer piso, repasando los expedientes de la planta de trauma bajo una luz fluorescente que parpadeaba intermitentemente con un zumbido sordo e irritante.

—Vaya cara de cansancio absoluto que llevas, Harrington. —Santi Crawford se dejó caer en la silla de plástico de al lado, ofreciéndome un vaso de cartón con café humeante—. Parece que el "Jefe de Hielo" te ha tenido corriendo por los siete pisos toda la noche.

—Gracias, Santi —dije, aceptando el café como si fuera un salvavidas.

Santi siempre había sido el más relajado de nuestro antiguo círculo universitario; el anestesista bonachón que prefería lanzar una broma al aire antes que enfrascarse en una discusión.

—Sabes, a veces te miro de reojo en los pasillos y todavía me cuesta creer que realmente estás aquí —continuó él, apoyando los talones de sus zapatos en un escritorio vacío—. Para todos nosotros, eras simplemente "la chica que desapareció". Un día estabas rindiendo el examen final de anatomía y al siguiente, puf, tu rastro se borró de la faz de la tierra.

Ian, que se encontraba a escasos metros de nosotros revisando una tabla de dosificación de medicamentos, se tensó visiblemente al escuchar las palabras de Santi. No se giró, pero su espalda ancha se transformó de inmediato en una línea rígida y armada de músculos bajo la pulcra bata blanca.

—"La desaparecida" —repetí en un susurro apenas audible, sintiendo una risa amarga y seca subir por mi garganta. Miré fijamente la nuca de Ian, desafiándolo en silencio a pesar de que él seguía dándome la espalda—. Es curioso, Santi. He tenido tantos apodos ingeniosos en este círculo médico, ¿no crees? La becada de clase media, la ratona de biblioteca, la desaparecida…

Ian se giró con una lentitud calculada y peligrosa. Sus ojos azules estaban oscuros, casi negros, cargados de una tormenta eléctrica que amenazaba con estallar y destruir el hospital entero.

—Ninguno de esos estúpidos nombres importa en lo más mínimo ahora, Harrington. Eres una R1 y punto —escupió él con una frialdad que calaba los huesos.

—Tienes toda la razón, Dr. Blackwood —dije, enderezando la espalda y sosteniéndole la mirada con una valentía suicida que no sabía que poseía—. Pero hubo un apodo en la facultad que siempre me pareció el más creativo de todos. El más… valioso en el mercado, por así decirlo.

Santi me miró completamente confundido, ladeando la cabeza. Ian entrecerró los ojos, clavando sus pupilas en las mías.

—¿Ah, sí? ¿Cuál? —preguntó Santi con una curiosidad genuina.

—La chica de los cien dólares —solté sin anestesia, dejando que las palabras cayeran con el peso de rocas gigantes sobre un estanque de cristal.

El silencio que siguió a mi declaración fue absoluto, sepulcral. Santi se quedó con la boca abierta, el vaso de café a medio camino de sus labios. La mandíbula de Ian se apretó de tal manera que juraría haber escuchado el crujido limpio de sus propios dientes.

—Zoe… —Santi bajó drásticamente la voz, y su tono jovial se transformó en una súbita y pesada culpa—. ¿Tú… tú lo sabías?

—Lo supe cada maldito segundo de estos últimos cinco años, Santi —respondí con una sonrisa triste, sintiendo el peso de mis recuerdos—. Escuché cada una de sus risas en los vestidores de la facultad. Vi el dinero ensangrentado de mi dignidad cambiar de manos.

—Zoe, de verdad, yo… —Santi se puso de pie de un salto, luciendo genuinamente compungido y avergonzado—. Me siento como un maldito idiota. Intenté buscarte después, me sentí fatal por no haber tenido los pantalones de avisarte de la estupidez que Ian y Mark estaban planeando en ese vestidor. Ahora miro hacia atrás y me doy cuenta de lo increíblemente infantiles que fuimos. Por favor, perdóname... yo no toqué ese dinero, pero mi silencio me hace cómplice.

—No pasa nada, Santi —lo interrumpí con suavidad, tocando su brazo—. Eras su amigo. Las lealtades masculinas suelen ser así de ciegas. Ya no importa.

—¿Que no importa? —La voz de Ian tronó en el área de enfermería, rompiendo la frágil calma de la madrugada. Dio tres pasos rápidos e implacables hasta quedar a escasos centímetros de mí; su imponente sombra me cubrió por completo—. ¡Si lo sabías todo y te callaste, eres una maldita cobarde!

—¿Perdón? —pregunté, incrédula ante su audacia.

—¡Lo que oyes! —rugió, y el odio en su voz era tan palpable, tan denso, que Santi retrocedió un paso, intimidado—. En lugar de entrar a ese vestidor y enfrentarme como una mujer, en lugar de decirme a la cara la basura que habías escuchado, hiciste lo que mejor sabes hacer: huir. Te fuiste como una rata asustada, Harrington. Desapareciste y me dejaste cargando con la culpa absoluta de que lo nuestro se fuera al diablo, mientras tú te escondías en la cobardía.

—¡Me usaste por una maldita apuesta, Ian! —le grité de vuelta, perdiendo los estribos, sintiendo que las lágrimas de rabia contenida me quemaban los ojos—. ¡Le pusiste un precio de cien dólares a mi primera vez! ¿Qué querías que hiciera? ¿Que me quedara sentada en primera fila a ver cómo te casabas con Leticia mientras te reías de mi ingenuidad con tus amigos del club?

—¡Debiste hablar conmigo! ¡Cualquier persona con un gramo de dignidad se habría quedado a pelear por la verdad! —rugió él, golpeando el mostrador de madera de enfermería con el puño cerrado—. ¡Pero no! Preferiste borrarte y dejarnos a todos con la maldita duda de si estabas muerta en una zanja o si simplemente te habías cansado de nosotros y te habías largado con cualquiera.

—¿Y se puede saber qué demonios está pasando aquí? —La voz firme de Elena cortó la pelea como un bisturí. Venía acompañada de Marcos, otro de los médicos del staff; ambos se detuvieron en seco al ver el círculo de alta tensión destructiva.

—Zoe, ¿estás bien? —Marcos se posicionó al lado de Ian, pero su mirada estaba fija en mí, cargada de una profunda preocupación profesional.

—Estamos simplemente recordando viejos tiempos, Marcos —dije, limpiándome una lágrima traicionera con el dorso de la mano y recuperando el control de mi voz—. Tiempos universitarios en los que algunos de aquí jugaban a ser dioses con la vida y los sentimientos de los demás por unos cuantos billetes amarillos.

Ian me clavó una mirada de un odio tan puro, tan visceral y ardiente, que me hizo estremecer hasta la médula. No era el desprecio de alguien que ha olvidado el pasado; era el odio sangriento de un hombre que sigue atrapado en una herida abierta que él mismo se provocó.

—Vuelve de inmediato al trabajo, Dra. Harrington —dijo él, su voz mutando en un segundo a ese tono gélido, profesional e implacable—. Tu turno de guardia aún no termina. Y no vayas a creer que mencionar los fantasmas del pasado te va a salvar de las consecuencias de tu incompetencia el día de hoy.

Se dio la vuelta abruptamente, su bata ondeando mientras se alejaba a pasos agigantados hacia el pasillo del quirófano, dejando tras de sí un rastro espeso de amargura. Elena se acercó rápidamente y puso una mano firme en mi hombro, apretándolo con fuerza en señal de apoyo, mientras Marcos y Santi intercambiaban una mirada cargada de una pesadez insoportable. El círculo de nuestra vieja juventud estaba irremediablemente roto, y los fragmentos cortaban muchísimo más ahora que hace cinco años.

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