Mundo ficciónIniciar sesiónLa puerta de la oficina se cerró a mis espaldas con un clic metálico que me sonó a sentencia de muerte. Ian se sentó tras su imponente escritorio de roble, cruzando las manos con una elegancia aristocrática que me ponía enferma. Se tomó unos segundos deliberados para observarme, respirando con una parsimonia exasperante, como un juez antes de dictar una condena inevitable.
—Mira a tu alrededor, Harrington —dijo al fin, señalando con un gesto vago y despectivo la pulcritud de la oficina y las pantallas que mostraban el monitoreo del hospital—. Tus antiguos compañeros de clase ya son especialistas respetados o residentes de tercer año con futuros brillantes. Mark es el actual jefe de trauma, Elena es la estrella indiscutible de urgencias... y tú, bueno, tú eres una R1 de veintisiete años que probablemente olvidó cómo sostener un bisturí mientras se escondía en quién sabe qué agujero del mundo.
—Tuve mis motivos para marcharme, Dr. Blackwood —respondí, clavando las uñas en las palmas de mis manos y apretando los puños a los costados para camuflar el temblor—. Motivos de fuerza mayor que, le aseguro, no le incumben en absoluto.
—En este hospital, todo lo que respecta a mi personal me incumbe —sentenció, inclinándose hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la madera oscura—. Al ser considerablemente mayor que el resto de los pasantes, todos los ojos estarán puestos en ti. Si fallas, si llegas un solo minuto tarde a una ronda, si tus manos tiemblan al hacer una sutura... no solo te hundirás tú, sino que dejarás en ridículo mi programa de formación. No esperes privilegios por nuestro... pasado. Al contrario, te exigiré el doble que a los demás. ¿Fui lo suficientemente clara, Dra. Harrington?
—Cristalino —mascullé entre dientes, sosteniéndole la mirada con toda la dignidad que me quedaba.
Él deslizó una carpeta negra sobre el escritorio, empujándola con un dedo.
—Tus rotaciones. Son el triple de pesadas que las de Sterling. Ahora lárgate de mi oficina. Tengo cirugías reales que atender.
Salí de allí sintiendo que mis pulmones por fin recibían aire limpio, aunque fuera el aire viciado y cargado de fármacos del hospital. Caminé a pasos rápidos por el pasillo central, buscando desesperadamente a Thiago para no desorientarme en mi primer día, pero mis pies se detuvieron en seco cuando divisé el mostrador principal de enfermería. El aire se me volvió a congelar en el pecho. Ian ya había salido de su oficina por el acceso lateral, y no estaba solo.
Una mujer de cabellos rubios platinados, perfectamente peinados en ondas perfectas, y un vestido de diseñador que gritaba "estatus social" a kilómetros de distancia, estaba de espaldas a mí. Se inclinaba hacia Ian con una familiaridad posesiva, casi íntima. Era Leticia Ashford. La misma mujer de la apuesta. La verdugo de mis ilusiones.
Leticia le acomodó la solapa de la bata blanca a Ian con un gesto tan natural que me revolvió el estómago. Por un segundo, la brillante luz del pasillo se volvió borrosa y el presente se desintegró.
Flashback: 5 años atrás...
"—¡Deja de mirarla, Ian! Sé perfectamente cómo te mira ella durante las conferencias de anatomía —dije, cruzándome de brazos en medio del campus universitario, sintiendo que unos celos absurdos e infantiles me quemaban la garganta."
Leticia Ashford caminaba a lo lejos, rodeada de lujos, y yo no podía evitar sentirme insignificante ante su apabullante seguridad. Ian soltó una carcajada profunda, una de esas risas dulces y genuinas que solían hacerme vibrar entero el cuerpo. Se acercó a mí sin importarle quién nos viera, envolviendo mi cintura con sus brazos fuertes y pegando su frente a la mía con devoción.
"—¿Celosa, mi ratoncita de biblioteca? —susurró contra mi piel, rozando mis labios con los suyos en un amago de beso—. Leticia es solo una conocida de los negocios de mi madre, Zoe. No significa absolutamente nada para mí. En mi mundo, tú eres la única que existe. No hay espacio para nadie más."
Me besó entonces con una ternura tan desgarradora que me hizo olvidar cualquier duda, mientras sus manos acariciaban con delicadeza mi cabello castaño. En ese momento, le creí cada maldita palabra.
—¡Zoe! ¡Zoe Harrington! —un grito eufórico y un abrazo físico sumamente efusivo rompieron el recuerdo como un cristal estallando en mil pedazos.
Era Elena Vance. Se veía imponente y madura con su uniforme de Jefa de Urgencias, pero su sonrisa gigante era exactamente la misma de la universidad.
—¡Dime que es verdad que regresaste! —exclamó Elena, ignorando olímpicamente la mirada de pocos amigos que Ian nos lanzaba desde la distancia mientras Leticia se aferraba con fuerza a su brazo—. Te he extrañado horrores, mujer. Pensé que te había tragado la tierra.
—Hola, Elena —logré articular, intentando con todas mis fuerzas recuperar la compostura, mientras veía de reojo cómo Leticia se giraba y me lanzaba una mirada de reconocimiento cargada de un veneno puro y absoluto. Ella sabía perfectamente quién era yo.
—No dejes que esa serpiente de alta cuna te intimide —susurró Elena, bajando drásticamente el tono de voz al notar la tensión, ojeando a la pareja—. Y mucho menos el "Rey del Hielo". Cuéntame rápido, ¿cómo está el pequeño...?
—¡Elena! —la interrumpí en el acto, con el corazón en la garganta, lanzando una mirada de auténtico terror en dirección a Ian. Él seguía allí, estático, observándonos con una fijeza sospechosa—. No aquí. Por favor. Las paredes tienen oídos.
Elena asintió de inmediato, captando la gravedad de mi súplica, y su expresión se tornó seria y protectora.
—Entiendo, lo siento. Ven a mi oficina durante la hora del almuerzo. Necesitamos coordinar tus turnos de urgencias... y necesito saber con lujo de detalles cómo has sobrevivido estos cinco años sin mi café y sin mis quejas.
Antes de que pudiera responderle, Thiago se acercó corriendo a nosotros, luciendo completamente abrumado y confundido por la densa electricidad que se respiraba en el ambiente.
—Dra. Harrington, el Dr. Blackwood acaba de mandar a decir que si no estamos en la sala de trauma en exactamente treinta segundos, podemos ir buscando otro hospital para hacer la residencia. Va en serio, está furioso.
Miré a Ian una última vez antes de echar a correr junto a Thiago. Él ya no escuchaba a Leticia, a pesar de que ella le hablaba animadamente al oído. Sus ojos azules, oscuros y penetrantes, estaban fijos exclusivamente en mí, analizando minuciosamente cada uno de mis movimientos, como si buscara con desespero la sutil grieta en mi armadura donde se escondía la gran verdad que yo tanto me esmeraba en proteger.







