Mundo ficciónIniciar sesiónLa ronda médica matutina se convirtió rápidamente en un campo de batalla donde yo era el blanco principal. Ian caminaba a la cabeza del grupo de residentes y adjuntos con una zancada decidida, casi militar; su bata blanca ondeaba a su alrededor como una capa de hielo que amenazaba con congelar los pasillos. De pronto, se detuvo en seco frente a la cama de un paciente con una arritmia compleja. Cruzó los brazos sobre el pecho y se giró hacia nosotros. Su mirada escaneó el grupo hasta detenerse en mí.
—Harrington —soltó mi nombre como si fuera una acusación criminal—. Explique detalladamente la fisiopatología de este bloqueo auriculoventricular y dicte el tratamiento inmediato.
Me quedé en blanco un maldito segundo. Conocía la respuesta a la perfección, la había estudiado mil veces, pero su mirada inquisidora y cargada de desprecio me hizo sentir pequeña, como si tuviera dieciocho años otra vez y estuviera indefensa en mi primer día de universidad.
—Es un bloqueo de tercer grado, el impulso no se conduce, por lo que yo... —comencé, pero la inseguridad me hizo dudar en la modulación.
Thiago aprovechó mi milimétrica pausa y me interrumpió de inmediato, contestando con una precisión teórica implacable y fluida. Ian asintió lentamente, manteniendo una sonrisa ladeada y cruel que jamás llegó a tocar sus ojos. Luego, volvió a clavar sus témpanos azules en mí.
—Correcto, Sterling. ¿Ves eso, Harrington? El doctor Sterling tiene siete años menos que tú y no dudó ni un solo segundo. Se supone que tu supuesta "madurez" debería darte alguna ventaja en este servicio, no hacerte lenta. Si no puedes seguir el ritmo de unos niños de veinticinco años, quizá debas colgar la bata ahora mismo antes de que cometas una negligencia.
Sentí el calor de la humillación subirme por el cuello, tiñendo mis mejillas de rojo. La humillación pública era gratuita, un castigo desproporcionado.
—¡Vaya, Blackwood! Sigues siendo tan encantador como un dolor de muelas sin anestesia —una voz masculina, jovial y sumamente familiar interrumpió la densa tensión del cubículo.
Era Mark Montgomery. Se acercó al grupo con su habitual aire de despreocupación, acomodándose el estetoscopio. Sin embargo, cuando sus ojos se cruzaron con los míos, se detuvo en seco. Una sorpresa genuina iluminó su rostro.
—¿Zoe? ¿Zoe Harrington? —Se aproximó ignorando las jerarquías y, para sorpresa de todos los residentes, me tomó de las manos—. No esperaba volver a verte después de cinco años. Tengo que decirte que te ves encantadora. La medicina te sienta de maravilla, aunque este ogro intente demostrar lo contrario.
—Hola, Mark —logré sonreír, experimentando un alivio momentáneo. Mark siempre había sido el balance perfecto para la destructiva intensidad de Ian.
—Montgomery, estamos en medio de una ronda clínica. Tenemos trabajo —gruñó Ian. Su mandíbula se tensó de una manera tan violenta que creí que se rompería los dientes, molesto ante el cumplido de su amigo.
—Relájate, Ian. Solo saludo a una vieja y muy querida amiga —Mark me guiñó un ojo con complicidad antes de seguir al Jefe de Cirugía, quien se alejó prácticamente echando humo por los oídos.
El turno de treinta y seis horas terminó por destruirme física y mentalmente. Cuando por fin salí del hospital, con los ojos ardidos por el cansancio y los pies pesados como el plomo, divisé a Elena y a Mark hablando cerca de la salida del estacionamiento. Parecían compartir un momento de complicidad íntima, algo que jamás habría imaginado en mis años universitarios.
—¡Zoe! Qué bueno que ya sales —Elena se percató de mi presencia y se acercó. Para mi absoluto asombro, Mark pasó un brazo por la cintura de ella con total naturalidad.
—¿Qué... qué está pasando aquí exactamente? —pregunté, pestañeando varias veces, creyendo que el cansancio me hacía alucinar.
—Lo sé, es difícil de procesar para los de afuera —rio Mark, apegándola más a él—. Pero sí, Zoe. El playboy que juró en la facultad que nunca sentaría cabeza y la mujer que más lo odiaba y lo abofeteó en tercer año... estamos oficialmente comprometidos. Nos casamos en unos meses.
Me quedé de piedra. En cinco años, el mundo había seguido girando con fuerza sin mí. Mark y Elena ahora planeaban una boda. Me sentí como un fantasma errante que regresaba a una casa donde todos los muebles habían sido cambiados de lugar.
—Es increíble... felicidades, de verdad —dije con total sinceridad, aunque una punzada de profunda nostalgia me atravesó el pecho al recordar mis propias promesas rotas.
—Ven a cenar con nosotros —insistió Elena, tomándome del brazo—. Necesitamos ponernos al día. No acepto un no por respuesta.
—Me encantaría, chicos, de verdad —dije, ajustando la correa de mi bolso con una urgencia que no pude disimular—, pero no puedo hoy. Hay alguien muy importante que me espera en casa y ya voy terriblemente tarde.
—Oh, entiendo... ¿una cita especial con algún misterioso caballero? —preguntó Mark con una curiosidad maliciosa.
Antes de que pudiera inventar una excusa, una voz fría, arrastrada y profundamente burlona surgió desde las sombras de la entrada principal.
—Por favor, Montgomery. No seas ingenuo —Ian estaba allí, apoyado contra una columna de concreto, escuchando la conversación—. Lo que Harrington tiene esperándola en su casa es, probablemente, otro de sus catastróficos errores de juicio. Alguien de su misma calaña que la hará huir de nuevo cuando las cosas se pongan difíciles. No pierdan su valioso tiempo.
El veneno de su comentario me caló hondo, doliéndome mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir en público. Me tragué las lágrimas de rabia, apretando los dientes para no romper a llorar frente a él.
—Vámonos, Dra. Harrington. El taxi que pedí ya está aquí —Thiago apareció en el momento exacto como un ángel de la guarda, tomándome sutilmente del brazo y alejándome de la presencia de Ian.
—Gracias, Thiago —murmuré una vez que subimos al coche y las puertas se cerraron, aislándonos del mundo.
—No lo escuche, jefa. Usted es mil veces mejor que todos ellos —me dijo él con esa lealtad transparente que me recordaba exactamente por qué valía la pena cada maldito sacrificio.
Mientras el vehículo avanzaba y se alejaba del complejo hospitalario, miré por el espejo retrovisor. La silueta imponente de Ian permanecía bajo las titilantes luces de la entrada. Estaba solo, estático, observando fijamente la dirección en la que nos marchábamos.
Él no tenía la menor idea de que, detrás de la gastada puerta de mi apartamento, me esperaba el secreto que él mismo, con su crueldad, había ayudado a crear: un hermoso niño de cuatro años con sus mismos e intensos ojos azules, extendiendo los brazos listo para recibir el abrazo de su madre.







