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El aire acondicionado del Hospital Metropolitano golpeaba mi rostro con una violencia gélida, pero no lograba enfriar el ardor de mis nervios ni el nudo que amenazaba con asfixiarme. Cinco años. Habían pasado exactamente cinco años desde la última vez que pisé una facultad de medicina, desde la última tarde en que permití que alguien viera mi vulnerabilidad y destruyera mi dignidad. Regresar no era una opción, era una necesidad absoluta para reconstruir los pedazos de la vida que me habían arrebatado.
—Dra. Harrington, ¿está conmigo o se quedó atrapada en el tráfico dentro de su cabeza? —Thiago Sterling, mi compañero de residencia, me dio un pequeño empujón con el hombro, sacándome de mi letargo.
Thiago rebosaba la energía desbordante y casi molesta de quien no ha dormido en veinticuatro horas, pero siente que está cumpliendo un sueño. Se acomodó el estetoscopio alrededor del cuello con un orgullo palpable.
—Vamos, Zoe, sonríe un poco. Hoy dejamos de ser estudiantes invisibles para convertirnos en dioses con bata. El Metropolitano nos espera.
—Solo intenta no matar a nadie en tu primer día, Thiago —respondí con una sonrisa forzada, apretando la correa de mi bolso de cuero hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
El vestíbulo principal era un caos perfectamente orquestado de camillas rodantes, murmullos apresurados y uniformes azules que se cruzaban en todas direcciones. El olor a antiséptico y café barato inundó mis sentidos, trayéndome recuerdos que me esforcé en sepultar. De repente, el tiempo se detuvo. El ruido ambiental se transformó en un zumbido sordo.
Al fondo del pasillo central, rodeado de un séquito de enfermeras y médicos adjuntos que anotaban cada una de sus palabras, estaba él. La misma espalda ancha que recordaba, el porte imponente que rozaba la arrogancia y esa forma de caminar, segura y calculadora, que gritaba autoridad absoluta. Mi corazón se saltó un latido, golpeando contra mis costillas con tanta fuerza que dolió. No. No podía ser real. El mundo no podía ser tan cruel.
—Ese de ahí es el Dr. Blackwood —susurró Thiago, con una mezcla de admiración y temor reverencial—. El Jefe de Cirugía más joven en la historia de este hospital. Dicen que es un maldito genio en el quirófano, pero que tiene un bloque de hielo donde debería estar el corazón. No le tiembla el pulso para despedir a nadie.
Ian se giró en ese preciso instante, como si hubiera sentido el peso de mi mirada. Sus ojos azules, que en mi memoria solían ser cálidos como el mar en verano, ahora eran dos témpanos gélidos y afilados. Me recorrió de arriba abajo con una lentitud insultante, deteniéndose en mi identificación de residente. No hubo sorpresa en su rostro, ni un solo destello de nostalgia; solo un desprecio profundo y madurado por el tiempo que me revolvió el estómago.
—Llegan tarde —su voz, ahora más grave, rica y devastadora que hace cinco años, cortó el aire del pasillo como un bisturí—. Sterling, al área de urgencias. El trauma de la avenida principal acaba de ingresar. Mueva las piernas.
Thiago asintió con presteza, palideciendo un poco, y salió corriendo en la dirección indicada. Me quedé sola. Completamente indefensa en medio del pasillo. Ian dio un paso lento hacia mí, invadiendo mi espacio personal con una familiaridad peligrosa que me obligó a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la fría pared texturizada del hospital. Su fragancia, una mezcla de madera de sándalo y un toque cítrico, me golpeó como un eco del pasado.
—Harrington… —su aliento rozó el lóbulo de mi oreja, pero no había ni un rastro de la ternura que una vez creí encontrar en él—. Me preguntaba cuánto tardarías en volver a arrastrarte por aquí. ¿Te quedaste sin dinero en tu exilio o simplemente te cansaste de huir?
—Vine a terminar mi especialización, Dr. Blackwood —dije, tragando saliva, esforzándome al máximo para que mi voz no temblara y mostrara la debilidad que él tanto disfrutaba.
—Aquí no vienes a terminar nada, Zoe. Vienes a trabajar para mí. Y créeme, voy a hacer que cada minuto de tu residencia sea un infierno viviente. Pagaras por el pasado.
Se alejó sin esperar una réplica, dejándome con el sabor amargo de la humillación quemándome la garganta. Al verlo caminar con esa suficiencia implacable, las paredes del hospital parecieron disolverse. El presente se desvaneció por completo y me vi transportada a aquella tarde lluviosa, cinco años atrás…
Flashback: 5 años atrás…
Estaba a punto de entrar al vestidor de la facultad de medicina para darle una sorpresa a Ian. Habíamos pasado nuestra primera noche juntos hacía apenas una semana, una noche donde le entregué todo lo que era, y yo sentía que tocaba el cielo con las manos. Traía su café favorito en una mano, pero me detuve en seco al escuchar las risas estruendosas desde el otro lado de la puerta entreabierta.
—¡Paga, Mark! Te dije que la "ratoncita de biblioteca" caería antes de los exámenes finales —la voz de Ian era clara, triunfante, desprovista de cualquier rastro del chico dulce que me había susurrado promesas al oído.
Asomé la mirada por la rendija con el corazón en la garganta. Vi a Mark extendiendo un fajo de billetes amarillos de cien dólares, e Ian los guardó en el bolsillo de su bata con una sonrisa de absoluta suficiencia.
—Cien dólares por la virtud de la santa Zoe Harrington. Barato te salió, Ian —se burló otro de sus amigos del club—. ¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir con el teatro romántico?
—Por supuesto que no —respondió Ian, guardando su estetoscopio en el casillero—. Mi madre tiene razón, Zoe es solo una distracción de clase media. Leticia es la mujer que mi familia espera, ella tiene el estatus y el apellido que necesito para mi futuro. Zoe fue solo… un reto entretenido. Un trámite que ya completé.
El vaso de café cayó de mis manos, impactando contra el suelo y empapando mis zapatos. Mi mundo entero se hizo pedazos mientras los escuchaba reírse de mi entrega, de mi amor, de mi primera vez. En ese maldito instante entendí que para él yo nunca fui una mujer; solo fui una apuesta ganada, un trofeo de una noche. Húyí esa misma madrugada sin mirar atrás.
—¡Harrington! ¿Se quedó dormida de pie o el pasillo le parece un hotel? —el grito áspero de Ian desde la puerta de su oficina de la jefatura me trajo de vuelta a la cruda realidad.
Él estaba allí, de pie, esperándome con una carpeta negra en la mano y esa mirada cargada de un odio visceral que yo no lograba comprender del todo. Si él había sido quien me usó y me desechó como basura por dinero, ¿por qué me miraba como si yo fuera la traidora de la historia?
Entré en su oficina, sintiendo que el peso de mis propios secretos me aplastaba el pecho. Tenía que sobrevivir a él. Tenía que terminar esta residencia a cualquier costo. Por mí, y por el futuro que estaba construyendo.
—Cierre la puerta —ordenó Ian, sentándose tras su imponente escritorio de roble—. Tenemos mucho de qué hablar sobre su nuevo... contrato de trabajo.







