El interior del auto olía a cuero caro, a la humedad de la lluvia reciente que goteaba de nuestra ropa y al perfume amaderado y cítrico de Ian; una mezcla embriagadora que en ese preciso instante me resultó muchísimo más adictiva que cualquiera de los tragos de tequila que había tomado en el bar. La tormenta golpeaba el techo metálico con una violencia rítmica e incesante, aislándonos por completo del resto del mundo, atrapándonos en una burbuja de oscuridad periférica y calor sofocante.
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