El despertar fue una coreografía de dolor, neblina y un sabor a ceniza que se negaba a abandonar mi paladar. Mis pulmones ardían, como si cada inhalación fuera un corte con un cuchillo mellado, y mi cabeza parecía un tambor a punto de estallar. Abrí los ojos con una lentitud agónica, encontrándome primero con el techo blanco y desconocido de una habitación que no era la mía.Luego, lo vi a él.Kyler estaba sentado en un sillón a un lado de la cama, hundido en la penumbra. Tenía la cabeza gacha, las manos entrelazadas y una postura tan cargada de derrota que, por un segundo, mi instinto fue extender la mano y acariciarle el cabello. Pero entonces, la realidad volvió a golpearme con la fuerza de una ola: el incendio, la puerta cerrada, las llamas, y las palabras crueles que me había escupido en la sala de juntas. Me salvé, sí, pero no fue por amor. Fue por inercia, por ego, por el juego enfermo que Daniel nos obligaba a jugar.Me incorporé con un quejido, obligando a mi cuerpo a cooperar
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