El aire se sentía como cristales rotos al entrar en mis pulmones, pero no me importaba. Nada importaba. Solo el peso de ella en mis brazos. El depósito de archivos, ese maldito horno de acero que estuvo a punto de convertirse en su tumba, quedaba atrás, colapsando en una sinfonía de vigas retorciéndose y el rugido sordo de las llamas que todavía intentaban alcanzarla. Pero ella estaba conmigo.Alissa estaba inerte contra mi pecho. Su piel, habitualmente cálida y vibrante, se sentía alarmantemente fría bajo mis manos, contrastando con el hollín negro que manchaba su rostro y su cuello. Su cabeza descansaba sobre mi hombro, lacia, sin vida. El pánico, un pánico que no conocía límites, me subió por la garganta como hiel. Si la perdía... si la perdía ahora, después de todo lo que había sacrificado, si ella moría en este incendio después de que yo la hubiera condenado a una vida de desprecio... me arrancaría el alma con mis propias manos.—No me hagas esto, nena —susurré, con la voz rota, m
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