Los dos meses siguientes transcurrieron en una calma que bordeaba la perfección. Volví a mi trabajo en el bufete de Sofía, y aunque al principio me costó separarme de mi pequeño Alejandro, saber que se quedaba en el departamento bajo el cuidado amoroso y responsable de Rocío me daba una paz absoluta. Me sentía productiva, fuerte y, sobre todo, dueña de mi propio destino. Y luego estaba Diego. Tal como me lo había jurado la noche en que ganamos el juicio, no pasó un solo día sin que me demostrara que sus palabras de cambio eran reales. Se había convertido en un padre extraordinario; venía todas las tardes a ver al bebé, jugaba con él, aprendió a cambiarle los pañales sin quejarse y se encargaba de que nunca nos faltara absolutamente nada. Conmigo era todo un caballero: me enviaba detalles sencillos a la oficina, me escuchaba y, lo más importante, respetaba mis límites y mis tiempos sin presionarme. Sin embargo, resistirme a él se estaba volviendo una tortura diaria de lo más placent
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