La luz de la mañana entraba por los ventanales del penthouse. Mara abrió los ojos lentamente. El techo alto, las vigas de madera, la lámpara de diseño. Todo estaba igual. Pero su cabeza no. Su cabeza giraba como un carrusel desbocado.
Se incorporó con esfuerzo. Se llevó una mano a la frente. El dolor de cabeza era punzante, insistente, como un martillo golpeando desde adentro. La resaca le pesaba en los huesos. La boca le sabía a poco. Los ojos le ardían.
—Ay, no —murmuró, cerrando los ojos otr