La tarde caía sobre el parque. El sol comenzaba a esconderse detrás de los árboles, pintando el cielo de tonos naranjas y dorados. La fuente del centro seguía lanzando su cascada de agua cristalina, creando un sonido relajante que contrastaba con el caos que Mara sentía por dentro.Caminó despacio por el sendero de piedra. Sus zapatillas apenas hacían ruido. Las manos las mantenía dentro de los bolsillos de su chaqueta ligera. El aire olía a tierra mojada, a hojas secas, a algo que le recordaba su infancia. Mejor época. Cuando las cosas eran más simples. Cuando creía en el amor.Sebastián ya estaba ahí.Sentado en una banca de madera, justo al lado de la fuente. Llevaba un traje gris, impecable, como siempre. El cabello perfectamente peinado hacia atrás. Los zapatos brillaban bajo la luz de la tarde. Parecía una estatua. Un hombre perfecto. Una fachada vacía.Cuando la vio, se puso de pie.—Mara —dijo, con voz suave, cálida, la misma voz que usaba cuando quería convencerla de algo—. P
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