Salieron del cine con el sol de la tarde dándoles en la cara. El aire olía a ciudad, a movimiento, a posibilidades. Mara caminaba con las manos en los bolsillos de su chaqueta ligera, mirando el suelo. Joaquín iba a su lado, con las manos también en los bolsillos, mirando el horizonte.
Llegaron al auto. Se subieron. El BMW rugió en el estacionamiento. Pero ninguno de los dos quería volver a casa. No todavía. No después de lo que había pasado en el cine. No después de ese abrazo que duró más de