—Elena, por favor, mírame —pidió Julián, cerrando la puerta de la oficina. Por primera vez en el día, la fachada implacable se agrietó, dejando ver al hombre que ella pensó conocer —Lo que pasó entre nosotros, lo que te dije... nada de eso fue mentira. Necesitaba que nadie supiera quién era para poder ver lo que realmente pasaba acá dentro. Elena soltó una risa amarga, limpiándose una lágrima rebelde antes de que él pudiera verla. —Claro, El director encubierto jugando a ser el empleado humilde —escupió con desprecio —¿Te divertiste, Julián? ¿Te dio lástima ver cómo me pisoteaban mientras vos tomabas notas para tu gran entrada triunfal? te divirtió ver como me inventaba toda una historia, para resguardar mi estúpido orgullo. Me usaste, mis quejas, mi trabajo robado, para armar tu maldito expediente. —¡No te usé! —la interrumpió él, dando un paso al frente, pero deteniéndose al ver cómo ella se tensaba —Tu situación me demostró lo podrido que estaba el sistema. Quería protegerte
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