Esa noche empezó demasiado normal.Y yo ya debería saber que cuando una noche empieza así, la vida está preparando algo detrás de la cortina.Mateo se durmió temprano, cosa rarísima, porque normalmente hacía resistencia como si dormir fuera una injusticia internacional. Se puso la pijama de dinosaurios, acomodó a Bruno en la almohada, le dio instrucciones a Verdadero para vigilar la puerta y se dejó tapar sin negociar agua, cuento extra, abrazo doble ni “mamá, una pregunta chiquita” que terminaba siendo una conferencia sobre volcanes.Sospechoso.Muy sospechoso.—Esto está demasiado fácil —murmuré cuando salí del cuarto.Sofía me mandó un audio justo en ese momento.—Si Mateo ya durmió, no confíes. Los niños no se rinden, se reagrupan.Me reí bajito y le respondí con un emoji de calavera, porque tenía razón.Me senté en la mesa con el computador abierto, una taza de café recalentado y esa intención absurda de trabajar “solo una horita”. Las madres sabíamos que “solo una horita” era un
Leer más