El presente regresó de golpe, ruidoso y violento, al despacho destrozado de la alta gerencia. Alessandro se erguía en mitad de la oficina como un titán enfurecido, con el pecho subiendo y bajando de forma errática y los nudillos cubiertos con la sangre de Fabián. En el suelo, arrastrándose como una sabandija y dejando un rastro rojo sobre la alfombra de lujo, el conserje sollozaba desfigurado por el terror y el dolor físico.
—Estás despedido —sentenció Alessandro, con una voz tan gélida y cor