Malik la tomó delicadamente en sus brazos, sintiendo la frágil firmeza de su cuerpo contra el suyo, y la llevó hacia la cama.La recostó con suma suavidad sobre las sábanas, como si sostuviera un tesoro frágil que temía romper, antes de dejarse caer sobre ella.Los besos de Malik no tardaron en volver a encender su piel.Eran caricias ardientes, hambrientas y profundas que descendían por su cuello y sus hombros, desencadenando una corriente eléctrica en cada rincón del cuerpo de Inaya.Ella no intentó luchar; su anatomía respondía al unísono con los latidos desbocados de su corazón.Ya no había espacio para el orgullo o las dudas del pasado: lo amaba con una locura que la sobrepasaba, una entrega inevitable que le quemaba las entrañas.Malik se estaba rindiendo por completo ante ella.La deseaba con la desesperación de un hombre náufrago.Cada una de las quince noches que había pasado lejos, sumergido en la distancia y la penumbra, la había soñado en sus brazos, memorizando el aroma d
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