—¡Tariq! —gritó, con la voz rasgada por la desesperación—. ¡Eres un desgraciado! ¡Déjame ir! ¡Suéltame ahora mismo!Tariq no se inmutó.En lugar de ira, en sus facciones se dibujó una sonrisa gélida, cargada de una autosuficiencia siniestra que le erizó la piel. Sus ojos reflejaban una obsesión oscura, la mirada de un hombre que había cruzado la línea de la razón hacía mucho tiempo.—Nunca, Hasret —respondió él, con una calma que resultaba mil veces más aterradora que cualquier grito—. Hiciste una promesa. Me prometiste que serías mía para siempre. Dijiste con esa misma boca que jamás te alejarías de mi lado, pero me fallaste... ¡Te entregaste a otro como una zorra!Al escuchar aquellas palabras escupidas con tanto veneno, la furia de Hasret se disipó de golpe, reemplazada por un frío y punzante terror.Sus ojos, antes encendidos por la rebeldía, se llenaron de lágrimas que amenazaban con desbordarse.El miedo la atenazó el pecho, comprimiéndole el corazón hasta hacerle difícil respira
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