La noche se desdibujó en respiraciones tranquilas y el suave ritmo de la lluvia afuera. Para cuando el amanecer llegó a las ventanas, el calor entre ellos se había asentado en algo más calmado; un silencio que decía más de lo que las palabras podían.
Cuando Camila finalmente se movió, la luz del sol trazaba líneas sobre la cama. Alejandro en su propia habitación ya estaba levantado, moviéndose como si nada extraordinario hubiera sucedido. Sin embargo, cada respiración llevaba el peso de lo que