Entré en la habitación atrayéndola de la mano, sin prisa. Luna aún jadeaba, las piernas medio temblorosas después del orgasmo que le había proporcionado solo con la boca. Cuando cerré la puerta, la tiré de espaldas en la cama y subí sobre ella con el cuerpo caliente, pulsando de deseo.La visión de ella allí tumbada, con la bombacha aún torcida y la mirada fija en la mía, era de volver loco a cualquier hombre.Le quité la bombacha de una vez, rasgándola sin piedad. La tiré al suelo. Abrí sus piernas, encajé mi cadera entre ellas y rocé mi pene en su entrada, bien despacio, solo para provocar. Luna gemía bajo, moviéndose para intentar encajarme, pero yo la sujetaba firme.—Carajo, hazlo ya… —gimió Luna.—Pide bien. Quiero oírlo —respondí.—Fóllame, amor —pidió ella.La metí de una vez, fuerte, hasta el fondo. Ella gritó y agarró mis hombros con las uñas, su cuerpo arqueándose en la cama. Empecé a penetrarla en un ritmo lento y profundo, sintiendo cada parte apretada de ella envolver mi
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