LunaMe desperté asustada por el llanto de Jade. Era un llanto diferente, desesperado, como si nada pudiera calmarla. Mi corazón se aceleró, y por un segundo me quedé paralizada — no sabía qué hacer. Antes incluso de que me levantara, Rodrigo ya apareció en la habitación, medio somnoliento, pero con la mirada atenta. Tomó a la pequeña con todo cuidado, balanceándola despacio.—Tranquila, princesa, tranquila, papá está aquí —murmuraba bajito.El sonido de su voz pareció calmar un poco a la bebé, pero el llanto no cesaba del todo. Me miró y dijo, en un tono suave:—Amor, creo que tiene hambre —dijo Rodrigo.Tragué saliva. Ya sabía que ese momento iba a llegar, pero aun así me dio un nerviosismo enorme. Él vino hacia mí, la puso en mi regazo, y yo ajusté la almohada, la mantita, todo medio torpe. Mis manos temblaban, mi corazón acelerado.Cuando finalmente pude acomodarme, Jade apoyó su rostrito en mí — fue automático. Comenzó a mamar, y yo me quedé sin reacción. La habitación quedó en
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