Alina Me quedé de pie frente al alto edificio, sintiendo cómo mi pecho se tensaba, como siempre ocurría. Cada vez que venía, me marchaba con lágrimas en los ojos, aunque no podía, ni quería, dejar de regresar. Ni siquiera si le rogara al universo que me librara. Ni siquiera si estuviera dispuesta a dar mi vida. No importaba cuánto rezara, cuán desesperadamente deseara que alguien —cualquiera— me detuviera, siempre terminaba atravesando esas puertas otra vez. ¿Y por qué? Porque el hombre que me obligaba a venir aquí, el que estaba a cargo de este edificio, era alguien a quien nadie se atrevía a desafiar, alguien a quien ninguna persona en su sano juicio querría enfurecer por mi causa. Un hombre que inspiraba miedo y obediencia en todos los que lo rodeaban, excepto en mí, que no tenía otra opción más que obedecer. Mi dueño: Adam Todd. Hace un mes, llegué a casa una noche y lo encontré sentado en mi sala como si le perteneciera, y a mi padre frente a él, con la cabeza inclinada como
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