AARÓNCrucé el umbral del despacho arrastrando a Amelia conmigo. Al vernos entrar, mi abuelo ni siquiera se movió de su silla; nos observaba con una decepción que calaba más que cualquier grito. Sobre el escritorio, el acta de matrimonio parecía un pedazo de basura frente a la pantalla que seguía mostrando el video de mi peor error.—Siéntate, Amelia —ordenó Mateo, y por primera vez en años, escuché un rastro de remordimiento en su tono—. Aaron, quédate de pie para que no olvides que esta es tu responsabilidad. Me quedé rígido, viendo cómo Amelia se sentaba con una dignidad que me hizo sentir aún más miserable. La verdad de la Suite 502 estaba ahí, expuesta, y el silencio en la habitación me recordaba cada segundo que yo era el verdugo de su pasado. —Amelia, después de ver ese vídeo, entiendo tu resentimiento —dijo el abuelo, mirándola fijamente—. Ninguna mujer debería pasar por una humillación así, y menos a manos de un hombre de esta familia. En nombre de los Kane, te ofrezco una
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