AARÓNDeslicé mis pulgares por última vez sobre el arco de sus pies, reduciendo la presión de forma paulatina. El temblor que recorría el cuerpo de Amelia había cedido por completo. Al levantar la vista, me di cuenta de que sus párpados se habían cerrado; su respiración, antes rota y entrecortada, ahora era suave, rítmica y profunda. Se había quedado profundamente dormida sobre los cojines del sofá, vencida por el cansancio de la jornada.Me quedé estático, arrodillado frente a ella, sin soltar sus tobillos. Contemplarla de esa manera, desarmada, sin esa armadura de hielo que usaba para repeler al mundo, me subió una chispa imprevista en mitad del pecho. Sentí una necesidad salvaje y primitiva de protegerla, de cuidarla y de mimarla, un impulso de mantener a los lobos alejados de su vida que me sacudió las entrañas. Ella, l
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