AARÓN
El avión privado tocó pista en Londres y la burbuja de la isla se reventó de golpe. Durante las horas de vuelo, Amelia y yo apenas cruzamos palabra; la complicidad que habíamos construido en la villa se evaporó por completo bajo el peso de la incertidumbre. Regresamos a ciegas, devorados por la duda de no saber qué demonios había descubierto mi abuelo para hacernos volver de forma tan intempestiva y violenta.
—Ya estamos aquí —murmuró Amelia, mirándome con el rostro pálido y la mandíbula