AARÓN
El bastón de mi abuelo azotó el suelo y el silencio en la sala se volvió asfixiante. Las palabras que acababa de escupirme con desprecio exigían una respuesta que mi cerebro, entorpecido por ver a los Knox sentados en los sillones, no lograba articular. Miré de reojo a Amelia; se había quedado estática, con la respiración contenida y la vista clavada en la enorme pantalla que el abuelo tenía encendida frente a nosotros. El viejo no esperó a que yo hablara y presionó el control del disposi