POV. ValentinaMiami nunca se callaba. Incluso a las tres de la mañana, si pegabas la oreja a la ventana de mi viejo apartamento, podías escuchar el zumbido sordo de la autopista, la sirena lejana de una ambulancia cruzando la Calle Ocho o las discusiones amortiguadas de los vecinos del piso inferior. Era un ruido caótico, sucio, pero era el ruido de la vida. El silencio de Florencia, en cambio, era un animal completamente distinto. Pesaba. Se te metía en los oídos como una presión subterránea, recordándote a cada segundo lo sola que estabas. Llevaba más de una hora bocarriba, con las manos entrelazadas sobre el estómago, contando las vigas de madera del techo en una penumbra apenas rota por la luna. La cama era inmensa, un nido de sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda y a dinero, un colchón tan perfectamente diseñado que mi cuerpo no sabía cómo reaccionar ante él. Llevaba doce años durmiendo en superficies con muelles vencidos y sábanas desgastadas por el detergente barato de
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