77. La Jaula Vacía
Farah, dándose cuenta de que la red de esclavas menores había colapsado y que el trío del lazo estaba paralizado, avanzó con pasos torpes. Sin embargo, no intentó sacar un arma, ni buscó la protección de las otras concubinas. Cuando la punta del estilete de Elena rozó la base de su garganta, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás, Farah no emitió un grito de rabia. En su lugar, sus piernas cedieron y cayó de rodillas sobre el mármol líquido del suelo, con los ojos grises desencajados por una revelación que superaba el miedo a la hoja de plata de la italiana. —No entiendes nada, Elena Rossi... —siseó Farah, con las manos apoyadas en las baldosas calientes, su respiración agitada golpeando la túnica blanca de la italiana. Las lágrimas de la siria no eran por el veneno, sino por la inminencia de una masacre generalizada —Crees que me muevo por orden de una prisionera. Crees que este té y estos hilos son para cumplir un capricho de las celdas subterráneas. El infierno ya no está b
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