83. La Bala y la Alarma
El olor a yodo y a alcohol medicinal se mezclaba de manera nauseabunda con el rastro rancio de la pólvora quemada que los tres hombres y Elena habían arrastrado consigo desde los pasillos superiores. La enfermería privada del ala oeste del palacio de Jebel Ali era un espacio gélido, aséptico, revestido de bloques de piedra blanca que devolvían una luz pálida y fantasmal, la luz desvaída de una mañana que avanzaba sin piedad sobre el caos del emirato. En el centro de la estancia, rompiendo la pulcritud del entorno, la camilla de hierro crujía bajo el peso de Matteo De Luca. El siciliano yacía con el torso desnudo, la piel aceitosa por un sudor febril que hacía brillar sus tatuajes criminales bajo las lámparas halógenas. La herida del hombro izquierdo y el desgarro del costado, mal remendado tras las refriegas anteriores, goteaban un fluido espeso y oscuro; la infección, alimentada por el esfuerzo sobrehumano de la batalla del pasillo, avanzaba a pasos agigantados, amenazando con apaga
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