15. El Pacto Del Silencio
Layla, con los ojos desorbitados por el miedo, fue la primera en reaccionar. Arrastró las pesadas telas de terciopelo hacia el agua, mientras las otras concubinas, despojadas de su altivez y convertidas en seres vulnerables, la imitaban con movimientos erráticos. Elena, del otro lado de la barrera de fuego, buscaba frenéticamente algo para derribar la viga que bloqueaba el paso. De repente, una figura emergió de entre las sombras del pasillo. No era un guardia, ni era Nikos regresando por ella. Era Amir. El Emir estaba irreconocible. Su túnica estaba manchada de hollín y su rostro, siempre impecable, mostraba las huellas del combate y la ceniza. Sus ojos se fijaron en Elena con una mezcla de alivio y furia pura. —¡Sal de aquí, Elena! —ordenó Amir, su voz tronando sobre el crepitar del incendio—. ¡El ala este va a colapsar en minutos! —¡No me voy sin ellas! —replicó Elena, señalando hacia el grupo de mujeres atrapadas—. ¡Tú las encerraste aquí, Amir! ¡Este es tu palacio, estas
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