170. Las cicatrices del fuego.
—¿Qué tratamiento?La pregunta de Adrián quedó suspendida sobre el lago.Elías no respondió enseguida.La brisa agitó su cabello blanco mientras sus ojos permanecían fijos en el agua. Parecía debatirse entre guardar silencio o destruir, con una sola respuesta, todo lo que Adrián creía saber sobre sí mismo.Yo observaba a los dos hombres sin atreverme a intervenir.Algo me decía que la siguiente confesión iba a cambiarlo todo.Finalmente, el anciano soltó un largo suspiro.—Uno que jamás debió existir.Adrián dio un paso hacia él.No había agresividad en su postura, pero sí una firmeza que no le había visto desde que llegamos al pueblo.—Necesito que deje de hablar con enigmas.Elías asintió lentamente.—Tenés razón.Apoyó ambas manos sobre el bastón que hasta ese momento había pasado inadvertido para nosotros.—Pero antes quiero pedirte perdón.Adrián frunció el ceño.—¿Perdón?El anciano levantó la vista.Sus ojos estaban húmedos.—Porque yo participé.El silencio volvió a caer entre
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