El regreso a la conciencia no fue una transición limpia, sino una bofetada de realidad que me arrastró desde un fondo oscuro y pegajoso. Lo primero que registré no fue la luz, sino el olor: esa mezcla penetrante de antiséptico clínico combinada con el maldito aroma a mirra que parecía impregnar cada rincón del palacio Al-Fayed. Intenté mover las piernas, pero un dolor punzante, sordo y caliente en la zona del bajo vientre me arrancó un quejido seco que se me quedó atorado en la garganta.—Despacio, Mariposa… No te muevas.Esa voz. Cavernosa, rasposa por el cigarrillo y el insomnio, pero cargada de una urgencia que no intentaba ocultar.Abrí los ojos parpadeando con pesadez, luchando contra la neblina de los sedantes. La sala médica del ala norte estaba en penumbra, apenas iluminada por el reflejo azulado de los monitores que emitían un pitido rítmico y constante. A mi lado, sentado en una silla rústica de sándalo que parecía demasiado pequeña para su imponente masa física, estaba Cem.
Leer más