POV: CemLa noche sobre Manhattan no traía el silencio estrellado e infinito del desierto de Al-Fayed, sino un murmullo lejano de sirenas, cláxones y el zumbido constante de una metrópoli que nunca dormía. Sin embargo, dentro del apartamento, el ambiente era cálido, denso y cargado de un tipo de paz al que mi cuerpo, acostumbrado a los sobresaltos de la guerra y a la humedad fría de las mazmorras, aún intentaba adaptarse.Habíamos cenado en una mesa pequeña que me quedaba demasiado baja. Mis tres hijos habían devorado sus platos mientras me contaban historias atropelladas sobre la escuela, los parques de nieve y los dibujos animados que veían por las mañanas. Ver a Mateo intentar imitar la forma en que yo tomaba el cubierto o a Camila sonreír con la misma timidez que yo mostraba cuando era niño había sido una tortura de pura felicidad. A las ocho en punto, Amira los había conducido al baño para lavarse los dientes y, tras una ronda interminable de besos, abrazos y promesas de ir al pa
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