—¡No lo hagas, Cem! ¡Suéltala, por lo que más quieras!
El grito de Amira rasgó la atmósfera asfixiante de la sala médica, cargado de una desesperación latina que cortó la niebla de mi furia biológica. Su voz, aunque débil por las secuelas de la cirugía de emergencia, tuvo el impacto de una orden militar en mi mente de Lobo. Mis dedos de hierro rústico, que ya sentían el cruce definitivo en los cartílagos del cuello de Layla, se congelaron a milímetros de consumar la ejecución.
Giré sutilmente l