El silencio que siguió a la tempestad política fue tan denso que casi se podía escuchar el tintineo de la arena arrastrada por el viento contra los vitrales altos del ala norte. Las pesadas puertas de sándalo habían quedado cerradas a cal y canto, dejando el santuario clínico aislado de los murmullos de la guardia militar y de la agitación que ya se extendía por los pasillos inferiores ante el inminente avance de los clanes del este. La fragancia a sándalo y a fluidos antisépticos flotaba en la