El eco metálico de la guardia real todavía retumbaba en las arcadas exteriores cuando las pesadas puertas de sándalo del ala norte se cerraron de golpe, aislando la estancia del calor sofocante del Patio de las Palmas. El silencio que se instaló entre las paredes de estuco era espeso, casi doloroso, roto únicamente por el sutil murmullo del viento del desierto contra los vitrales altos y por la respiración agitada de mi mariposa.
Me quedé de pie en mitad del recinto, despojado de la túnica de r