El calor denso del mediodía caía como una losa de plomo derretido sobre las cúpulas del palacio Al-Fayed, pero en el interior de la sala médica del ala norte, el aire acondicionado mantenía una atmósfera gélida, casi quirúrgica. Habían pasado varios meses desde aquella noche en que el silencio se instaló de forma definitiva entre Amira y yo. Semanas infinitas marcadas por su rechazo pasivo, por el muro de granito que ella había levantado en nuestro lecho compartiendo únicamente el espacio físico de la cama, dándome la espalda de forma firme e inamovible.Ahora, a Amira solo le faltaban escasas semanas para dar a luz. Su vientre, que yo había tenido estrictamente prohibido tocar por decreto de su propio desprecio, lucía enorme, tenso, maduro bajo la fina bata de lino blanco que la cubría. A pesar de la distancia emocional que nos separaba, mi pánico biológico por la seguridad de mi estirpe no había disminuido; al contrario, se había transformado en una fijeza obsesiva. Por eso, para es
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