El sol del mediodía caía como plomo derretido sobre el Patio de las Palmas, el espacio más sagrado del palacio Al-Fayed, reservado únicamente para las proclamaciones dinásticas y las sentencias del consejo de ancianos. El aire gélido de la madrugada clínica había sido sofocado por un calor seco que olía a polvo, mirra y la tensión sofocante de dos mil hombres armados. Los batallones de la guardia real se alineaban en silencio a lo largo de las arcadas de mármol, con los fusiles calados hacia el