El sonido metálico de los cerrojos en el pasillo exterior rompió la frágil burbuja de silencio que nos había envuelto tras el colapso del deseo. No hubo tiempo para prolongar la tibieza de las sábanas de lino ni para borrar las huellas de sal, sudor y leche que aún nos cubrían la piel. El tiempo, ese enemigo implacable al que ni todo el oro de mi dinastía podía detener, había consumido la última hora de la noche.
Me levanté del lecho rústico con la pesadez de quien viste una armadura de plomo.