El sonido del monitor médico seguía marcando el ritmo de mi indignación con un pitido constante. La luz del amanecer comenzaba a filtrarse por las altas ventanas caladas del ala norte, tiñendo las paredes de estuco de un tono dorado que, honestamente, no combinaba para nada con mi humor. Tenía el cuerpo molido por la maldita cesárea de emergencia y el labio inferior todavía me escocía por la mordida posesiva que Cem me había plantado la noche anterior.
Ahí seguía él. No se había movido ni un ce