El crujido del lino bajo la masa de mi cuerpo era el único testigo en la penumbra de la alcoba. La luz de las antorchas de la muralla exterior se filtraba por los vitrales calados, proyectando sombras alargadas sobre la piel trigueña de mi mariposa. El tiempo corría como arena fina entre mis dedos; cada segundo que el reloj consumía nos acercaba al primer rayo de sol, al acero frío en el Patio de las Palmas y al avión que la alejaría para siempre de mis dunas.
Pero en este lecho de sándalo no e