Había pasado un mes entero. Treinta días mortales que en el calendario del sultanato Al-Fayed se habían consumado con la precisión implacable de una maquinaria de guerra, pero que dentro del ala norte del palacio se habían sentido como un siglo de destierro congelado. Un mes completo en el que la distancia entre mi latina y yo se había ensanchado hasta convertirse en un abismo insalvable, un territorio desértico donde las palabras ya no nacían y donde el aire se había vuelto tan denso que costa