El gran comedor de mármol del ala este estaba bañado por una luz blanca, implacable, que entraba por los altos arcos orientados hacia el desierto. Sobre la mesa imperial de caoba, los cuencos de plata rebosaban de higos frescos, dátiles maduros, pan de sésamo recién horneado y jarras de leche de camella perfumada con cardamomo. Era el escenario de la perfección dinástica, el altar donde el Sultanato exhibía su estabilidad ante los doce ancianos del consejo, quienes ya ocupaban sus asientos de respaldo alto con la solemnidad de los jueces que vigilan el cumplimiento de la ley sagrada.Me senté en la cabecera, vistiendo la túnica oficial de la regencia, pesada, de seda negra con bordados de hilo de oro que oprimían mis hombros rígidos. A mi izquierda, Amira permanecía sentada con la espalda recta, vistiendo una túnica holgada de color azul noche que disimulaba la sutil curva de su vientre, aunque sus manos, entrelazadas con fuerza sobre el regazo, delataban la tensión que la consumía po
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