Las horas del atardecer avanzaban sobre el palacio Al-Fayed con la pesadez de una sentencia de muerte. El sol, una esfera de fuego rojizo y sangriento, comenzaba a hundirse detrás de las dunas del oeste, proyectando sombras largas y amenazantes sobre el patio de armas. El viento del desierto soplaba con una fuerza inusual, arrastrando una cortina de polvo fino que cegaba a los hombres y envolvía los imponentes muros de piedra en una atmósfera de pura hostilidad. El aire mismo parecía cargado de