El amanecer en los campamentos del norte trajo consigo la disipación lenta de la tensión que se había solidificado en mis entrañas durante la noche, pero no la de la furia que amenazaba con desbordar mi cordura. Cuando el sol del desierto comenzó a recortarse sobre el horizonte, no grité. No saqué mi daga de plata para cortar el cuello de Layla, ni ordené la ejecución inmediata del viejo jeque que me miraba desde la entrada de su tienda con una sonrisa de victoria diplomática y suficiencia polí