La penumbra del ala norte se había vuelto más densa tras la desastrosa jornada en la sala médica. El eco de la risa de Layla y la desaprobación silenciosa de los ancianos del consejo seguían flotando en mi mente como una marca de infamia que me devoraba las entrañas. El desierto, ajeno a la tormenta de mi palacio, rabiaba en el exterior con un viento gélido que golpeaba con insistencia las rendijas de las ventanas de piedra. Todo en el reino permanecía igual; los batallones mantenían la fronter