El calor denso del mediodía caía como una losa de plomo derretido sobre las cúpulas del palacio Al-Fayed, pero en el interior de la sala médica del ala norte, el aire acondicionado mantenía una atmósfera gélida, casi quirúrgica. Habían pasado varios meses desde aquella noche en que el silencio se instaló de forma definitiva entre Amira y yo. Semanas infinitas marcadas por su rechazo pasivo, por el muro de granito que ella había levantado en nuestro lecho compartiendo únicamente el espacio físic