El ala norte del palacio Al-Fayed apestaba a alcohol quirúrgico, a tintura de yodo y al olor rancio de la sangre que aún manchaba de manera indeleble las losas de piedra cerca del umbral de entrada. Las lámparas de aceite de las paredes habían sido encendidas en su totalidad por orden mía, proyectando una claridad cruda, amarillenta e implacable sobre el lecho rústico donde Amira yacía completamente inmóvil. La farsa de la alta política del desierto, los fusiles de las tribus fronterizas y las